La “huida” de la “Medusa”

 

Una vez que una obra de arte es dada a conocer al mundo y apreciada como tal, ya no pertenece al autor sino a toda la Humanidad. Protegerla es un deber de los hombres del presente y un derecho de las generaciones futuras.

“Cada obra es portadora de la memoria de una civilización. Cada tesoro es la obra de un hombre y el testimonio intacto de su tiempo. Pertenecen a toda la Humanidad y perder este legado sería como perder parte de nuestra alma y de nuestra identidad”. (Jacques Jaujard)

 

La historia detrás de cada obra no se limita a su proceso de creación, en ciertas ocasiones, las circunstancias obligan a que sean testigos y víctimas de su tiempo.

“La balsa de la medusa” es una de esas obras. Su creación es apasionante, como ya escribí en este blog, (https://cinhalam.wordpress.com/2015/10/29/la-balsa-de-la-medusa-theodore-gericault-1818-1819/) pero su historia se prolonga en el tiempo debido a un acontecimiento histórico que superó a todos los seres humanos sacando lo peor, pero también lo mejor de cada uno.

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“La balsa de la Medusa”. Óleo sobre lienzo, 1818-1819. (491 cm × 716 cm)

 

En 1939, poco antes de que estallase la Segunda Guerra Mundial, en el París amenazado por la invasión nazi, un gran hombre se dio cuenta que la guerra era inminente y que no solo peligraba su vida y su sociedad, también estaba en peligro algo que él amaba: el Arte.

Jacques Jaujard era en aquella época el subdirector de los Museos Nacionales en París y bajo su responsabilidad recaía la protección de las obras maestras del Louvre. El no estaba dispuesto a permitir que el magnífico legado del museo fuese destruido o espoliado, por ello organizó la evacuación de todas las obras maestras del museo antes de que los nazis entraran en París.

En tres días se embalaron y trasladaron más de 4000 obras al castillo de Chambord, a 160 km del Louvre y posteriormente se dispersaron entre diversos castillos y mansiones de toda Francia. El documental “Cómo el ilustre y desconocido Jacques Jaujard salvó el Louvre” (Jean-Pierre Devillers, Pierre Pochart) narra al detalle esta historia.

 

El 3 de septiembre de 1939 el Louvre terminó de evacuar todas sus obras. Ese día estalló la Segunda Guerra Mundial.

Una de las piezas que más problemas causó fue precisamente “La balsa de la Medusa”. Al plantearse su traslado se encontraron con varios problemas. El primero de ellos era que el lienzo no podía desmontarse ni enrollarse porque peligraba la integridad de la obra debido a los materiales empleados en su elaboración. (Géricault utilizó betún para pintar los tonos negros del cuadro y la fragilidad del barniz no permitía la manipulación de la tela) .

Sus enormes dimensiones (491 x 716 cm) hizo imposible la obtención de un embalaje adecuado por ello fue cargado directamente en un camión sujeto con cuerdas.

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La imagen es dantesca por el peligro que conlleva un traslado en semejantes condiciones.

Otro problema surgió en el camino. La altura del lienzo provocó que, al llegar a Versalles, se enredase en los cables del tranvía provocando un cortocircuito que dejó sin luz eléctrica a toda la ciudad. Unos largos ganchos hechos de material aislante solventaron el problema. Este contratiempo hizo que una avanzadilla inspeccionase los caminos por los que debería pasar el convoy midiendo los puentes y otros obstáculos decidiendo así la ruta adecuada. A pesar de todos estos inconvenientes,  la obra no sufrió daño alguno en el transporte ni en los años posteriores donde estuvo custodiada.

Jacques Jaujard fue el responsable principal de la salvaguarda de las obras, pero esta empresa era demasiado grande y compleja para un solo hombre. Decenas de empleados del museo ayudaron con el máximo cuidado a proteger este increíble legado. Muchas de estas personas se trasladaron a los lugares de almacenaje de las obras para poder cuidarlas evitando su deterioro. Gracias a todos ellos podemos seguir disfrutando, sintiendo y admirando estas obras maestras.

“Strange Tales of a Lonely Studio – Lian Suo”, Jing An, 2015.

 

El arte con el que más disfruto es el arte realista, bien sea de épocas pasadas o presente. Actualmente el arte contemporáneo que se muestra en las salas de exposiciones o en los museos tiene poco de realista. Aún así hay infinidad de pintores contemporáneos que defienden y desarrollan, con verdadera maestría, el realismo dentro de la pintura actual.

El MEAM, Museo Europeo de Arte Moderno, es un museo donde se favorece y potencia el arte realista de artistas vivos. En él se desarrollan, aparte de la exhibición de la colección propia del museo, actividades culturales, divulgativas y certámenes, los cuales impulsan la carreta de artistas actuales.

Una de estas actividades fue la exhibición de las obras finalistas de dos competiciones internacionales  de pintura y escultura, ARC Salon y Figurativas 2017. La primera organizada en Estados Unidos por la institución “Art Renewal Center” y la otra en Europa por la “Fundación de las Artes y los Artistas”. Ambas se unieron en Barcelona para acercar al público todo el trabajo más reciente de los mejores artistas figurativos de todo el mundo. Dicha exposición tuvo lugar entre el 22 Septiembre y el 26 Noviembre de 2017.

En esta muestra fue donde descubrí uno de los lienzos que más me han fascinado en los últimos tiempos. Se trata de la obra “Strange Tales of a Lonely Studio – Lian Suo”, de la artista Jing An. La obra obtuvo el segundo premio en el ARC Salon, en la categoría de “realismo fantástico”

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“Stranges Tales of a Lonely Studio- Lian Suo”, óleo sobre lienzo, 2015. (180 x 125 cm)

 

Lian Suo es un capítulo muy conocido de “Liaozhai Zhiyi, Strange Tales of a Lonely Studio”, una colección de historias clásicas chinas de Pu Songling que comprende cerca de quinientas historias cortas. Esta historia concreta muestra a una niña, un fantasma, que lleva durmiendo en una tumba durante más de 20 años. Las luciérnagas que danzan en la noche son testigos de su desolación y le hacen conocer a un hombre, Yang Yuwei. Se convierten en buenos amigos, con ideas afines, leen poesía, escriben poesía, juegan al ajedrez y tocan la pipa. Ella es delgada y débil y Yang Yuwei se compadece de ella. Se enamoran el uno del otro. Para permitirle renacer, una noche, Yang Yuwei realiza un ritual. Él pincha su brazo y hace que tres gotas de su sangre caigan sobre el ombligo de Lian Suo, causando su renacimiento.

Según las palabras de la autora:

“Soy una artista que pinta con emoción. En los últimos años, he creado una serie de obras sobre `Strange Tales of a Lonely Studio´, que representan algunas de sus más maravillosas historias de amor. Mis obras de arte intentan describir los antiguos clásicos literarios con la perspectiva de una mujer moderna. Mi objetivo es capturar, con imágenes de hace más de 300 años, la vida social de las mujeres, la psicología, el pensamiento y la emoción, mostrando la mitología china en el arte impulsado por la fantasía”.

Lamentablemente, no he conseguido encontrar en internet, ninguna otra obra perteneciente a esta serie de historias que comenta la autora. Sin duda serán dignas de contemplarse si comparten la belleza,  delicadeza, imaginación y perfección técnica de Lian Suo.

Enlaces de interés:

https://www.meam.es/es/about/

https://www.artrenewal.org/Salon2016/Artwork/ByCategory/21052

 

“El Viaje”

 

Hay algo mágico en un viaje en tren. Las antiguas vías conectaban diferentes lugares y el transcurso del trayecto no era solo un viaje real, también era un viaje de la propia imaginación mientras observábamos un mundo a través de la ventana.

El abandono de una vía es la muerte de muchas historias, de muchos viajes que no se podrán realizar como antaño.

Sin embargo, caminar por esos senderos de hierro, ahora sin vida, provocan un nuevo viaje, una sensación extraña de nostalgia y, a su vez, una oportunidad única de recorrer con lentitud los antiguos caminos que el tren, en su imparable recorrido, impedían contemplar con calma los parajes donde se asientan sus pasos.

El viaje --

“El viaje”, óleo sobre lienzo, 2017. (116 x 73 cm)

 

Recuerdo perfectamente la primera vez que caminé por una vía abandonada. Fue un descubrimiento casual que me dejó una sensación que ha permanecido en mi memoria a través de los años. Una sensación difícil de describir. Se mezclaba la admiración por la belleza de ese paisaje, la tristeza por el abandono pero, sobre todo, por la sensación de poder caminar por ella con la impresión de no tener final. Podía recorrer ese sendero de forma indefinida. La vía, en mi imaginación, no acababa. Obviamente ese pequeño viaje acabó pero no la sensación de un viaje infinito que me ha acompañado desde entonces y me acompañará hasta el fin de mis días. Cada vez que me encuentro con una vía muerta, revivo esa sensación.

Esta obra está realizada utilizando la técnica de “grisalla”. Este método consiste en utilizar como base una capa de pintura monocroma que da sensación de volumen. Fue muy utilizada en el siglo XIV por pintores que la emplearon en bocetos y dibujos preparatorios para lograr un efecto de relieve. Esta técnica se utiliza actualmente como paso previo para muchas obras de pintores académicos.

Existen varias formas para pintar en grisalla  pero en esta obra concreta se aplicó una capa de pintura  muy oscura y se fueron “extrayendo” las luces retirando el exceso de pintura.

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Utilizando como base la grisalla, se aplican los colores definitivos logrando el acabado deseado.

Vias (2)

 

Exposición: “La historia detrás del cuadro”

 

El 8 de diciembre de 2017 se inauguró en Pontevedra la exposición titulada “La historia detrás del cuadro” donde presenté las últimas obras que he pintado.

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El título de la muestra hace referencia a la idea de que los cuadros cuentan una doble historia.  Por un lado la que narra la propia pintura y por otro lado la historia que no se ve: el proceso de creación del cuadro. Con esta exposición pretendo mostrar una pequeña parte de ese proceso, desde que surge una idea hasta su resultado final. Por todo ello la muestra se compone no solo de la obra terminada, sino de bocetos y fotografías que ilustran el desarrollo del cuadro en sus estadíos iniciales e intermedios.

 

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Presentación del cuadro “Algosh” con el boceto y fotografías del proceso.

 

Resulta una forma bastante interesante y poco conocida de contemplar la obra de un autor. Las personas que han acudido a verla se han mostrado sorprendidos y encantados con esta forma de disfrutar de la pintura y sus comentarios han resultado muy gratificantes para mi.

 

La temática de esta muestra gira en torno a la idea de cómo el paso del tiempo modifica las creaciones de los seres humanos, así como en nuestra eterna lucha contra el Olvido.

 

http://www.farodevigo.es/portada-pontevedra/2017/12/09/pintora-burgalesa-cinhalam-inaugura-historia/1800730.html

http://www.noticiasgalicia.com/index.php/cultura-pontevedra/41185/la-pintora-cinhalam-presenta-su-nueva-exposicion-titulada-la-historia-detras-del-cuadro

 

“Nos alcanza el tiempo”

 

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“Nos alcanza el tiempo”, Óleo sobre lienzo, 2017
50 x 100 cm

 

El transcurrir del tiempo provoca cambios en todo aquello que nos rodea. La maleza crece, la lluvia y el viento erosiona la piedra, la vida evoluciona, se desarrolla y perece. El tiempo nos alcanza a todos, nos transforma y nos convierte en “ruinas”.

Una parte de nosotros permanece anclada a los rincones en los que vivimos, en donde sentimos, en los lugares que nos vieron crecer.

Hay muchas formas de enfrentarse a este devenir del tiempo. Negación, angustia o aceptación de los estragos que provoca el paso del Tiempo.

Ella con su postura, su rostro tranquilo y su movimiento suave, es consciente de esta natural transformación y la acepta con sosiego.

“La pérdida de la palabra escrita”

 

Una biblioteca antigua creada en un pequeño atrio, similar a los claustros de los monasterios, con el objetivo de concentrar y guardar el saber humano. Un lugar atemporal que cobija el conocimiento atesorado a través de los siglos. Los libros representan un medio para difundir nuevos descubrimientos, historias y pensamientos. Son capaces de transmitir ideas a través de la palabra escrita para que no se pierda en el olvido.

“La pérdida de la palabra escrita”, 2017. (116 x 73 cm)

 

Pero todo es efímero, la fragilidad que es innata al ser humano, también lo es a su obra.

Me llama poderosamente la atención las creaciones del ser humano que se destruyen por el paso del tiempo, ya sea un edificio abandonado, una vía de tren muerta o un libro roto. Todo tiene un final. Pero ese final no siempre es agónico porque las ruinas muestran una extraña belleza.

Es una sensación contradictoria entre una profunda admiración por esa belleza y una gran tristeza por su destrucción.

La pérdida de la palabra escrita es un concepto que, en este momento histórico, puede parecer imposible debido al exceso de información que existe gracias a los almacenamientos digitales. Parece que no se pueden perder los conocimientos. Pero hemos perdido algo más importante como es el apreciar, en la textura del papel, todos los esfuerzos que ha hecho el hombre para transmitir el conocimiento, desde aquellos primeros escribas que, con su puño y letra, copiaban los libros para que no se perdieran. Me imagino caminando dentro de mi propio cuadro, cruzando el atrio para alcanzar los libros que se derrumban en las estanterías del fondo, mientras imagino a los antiguos escribas acariciando la cubierta de un libro mientras lo depositaban en su lugar.

El conocimiento jamás debería perderse.

 

 

Iván Aivazovsky: “El mar es mi vida”

 

Una de las características más bellas del mar es que nunca es igual. Es una misteriosa, vasta y solitaria masa de agua que cambia con cada luz, con cada viento. Podemos contemplarlo con un color azul intenso en un día de verano o de un gris difuminado en un día de lluvia. En ocasiones refleja la luz de la luna de forma tan suave que la superficie parece de plata. De igual forma el reflejo del sol al atardecer sobre sus aguas las transforma en oro. Desde la costa lo percibimos siempre diferente pero en alta mar es aún más cambiante.

“Venecia de noche”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Laguna de Venecia por la noche”

Iván Aivazovsky siempre estuvo enamorado del mar. Sus pinturas nos mostraron el océano en todas sus variantes posibles. Desde un mar en calma frente a la costa, hasta un mar embravecido en mitad de una tormenta. Desde la serenidad de una playa por la noche a la desesperación de una batalla en alta mar.

“Vista de Constantinopla”, 1846

“Contrabandistas”, 1884

Aivazovsky nació en Feodosia (Crimea, 1817) pero era de origen armenio y procedía de una familia muy humilde. Fue un artista que subió a lo más alto en el mundo del arte. Fue reconocido como uno de los más grandes artistas de su tiempo y recorrió medio mundo mostrando su obra y recibiendo los más altos honores y reconocimientos. Como ejemplo fue el único representarse del arte ruso que, en su tiempo, participó en la Exposición Internacional organizada en el Louvre, siendo el primer artista extranjero en convertirse en un Caballero de la Legión de Honor. Asimismo, una de sus obras fue adquirida por el papa Gregorio XVI para formar parte de la colección permanente del Vaticano.  A pesar de ello nunca olvidó sus orígenes y utilizó parte de su fortuna en obras sociales a favor del pueblo armenio, su pueblo.

Poco conocido es el hecho de que no tenía interés especial en mostrar su obra, pero sabía que era muy cotizada y él necesitaba grandes cantidades de dinero para realizar sus  labores sociales, tales como construir escuelas, edificar iglesias, fundar una escuela de arte o colaborar en el desarrollo del ferrocarril.

Nació al lado del mar y toda su vida estuvo vinculado a el. En la época de Aivazovsky la Armada Rusa era muy poderosa. El pintor acompañó al ejército en numerosas maniobras navales durante gran parte de su vida.  En estas experiencias pudo contemplar el mar en unas circunstancias poco habituales. Fue testigo de entrenamientos para batallas pero también de enfrentamientos reales como la Guerra de Crimea (1853-1856) donde pintó escenas de batalla en la sitiada fortaleza de Sebastopol. En 1844 fue nombrado el artista oficial de la Armada Rusa para pintar paisajes marinos, escenas costeras y batallas navales.

“Batalla de Chesmensky”, 1848

“La batalla de Navarion”, 1846

Su forma de trabajo consistía en pintar sus cuadros directamente en el lienzo sin ningún boceto previo. Aplicaba sucesivas veladuras consiguiendo una gran transparencia en el agua y en el cielo. La memoria de Aivazovsky era prodigiosa ya que nunca realizó sus cuadros contemplando el mar. Rogachevsky escribió: “su memoria artística era legendaria, fue capaz de reproducir lo que había visto solo por muy poco tiempo, sin siquiera dibujar bocetos preliminares”.

Entre toda su extensa obra (6.000 pinturas catalogadas), llama la atención los numerosos cuadros en los que describe las vicisitudes de náufragos. Quizás se deba al hecho de que él mismo tuvo una experiencia como tal y le preocupaba sobremanera la suerte que corrían aquellos que se perdían en el mar, así como le gustaba representar una esperanza a través de luces que se abren entre las nubes. Una de estas obras, “La novena ola”, está considerada como el cuadro más bonito de Rusia.

“La novena ola”, 1850

 

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“Paisaje marino nocturno con naufragio”, 1863

“Vista del mar a la luz de la luna”, 1875

No sólo fue un gran artista, fue un hombre excepcional que demostró su amor por su tierra, por su gente y por su mar. Un hombre que se mantuvo fiel a si mismo durante toda su vida, a su forma de pintar y a su forma de expresarse con la pintura. En una etapa de su vida fue criticado por no querer evolucionar a las corrientes artísticas nuevas de su época que abandonaban el concepto del Romanticismo por el Realismo.

Iván Aivazovsky pintaba lo que amaba, lo que sentía, las experiencias que vivía.

Reflejó su alma en el mar que pintaba.

 

Bibliografía:

Kendall Miccoli, “Aivazovsky: Paintings” (2015)

Esperanza Guillén, “Naufragios: imágenes románticas de la desesperación”  (2004)

Enlaces de interés:

Catálogo donde se pueden contemplar 700 obras:

http://www.art-catalog.ru/gallery.php?id_psort=2&id_pview=2&count_pic=-1&id_artist=10

Biografía escrita por Shaen Hachatryan:

http://www.tanais.info/art/en/aivazovskyab.html

Proyecto interactivo realizado con el motivo del segundo centenario de su nacimiento:

https://www.behance.net/gallery/48366003/Ivan-Aivazovsky-Anniversary-concept

“Peregrinos yendo a La Meca”, Léon Belly, 1861.

El descubrimiento de otros parajes, otros pueblos y culturas que difieren de lo que estamos acostumbrados a ver despiertan nuestra curiosidad  y abren nuestra mente. Los viajes, en definitiva, fomentan nuestra imaginación y desarrollan nuestra creatividad.

Una de las fuentes de inspiración más importantes que existen es precisamente esa: el conocer nuevos lugares.

Léon Belly (1827-1877), fue un pintor francés fascinado por el mundo exótico y desconocido de Oriente, al igual que les sucedía a muchos de sus contemporáneos. Su primer viaje a esas tierras fue en 1850, acompañado de  otro pintor, Léon Loysel. Ambos participaban en una misión científica con el objeto de estudiar la geografía local. En este viaje bordearon el Mar Muerto y empezó a plasmar en sus obras lo que veía y sentía. Entre octubre de 1855 y 1857, Belly visitó Egipto en dos ocasiones y el desierto del Sinaí.

Existen multitud de cuadros que reflejan el mundo de Oriente, sus costumbres, colores y  exotismo, pero esta obra es única. Describe un tema muy ambicioso y complejo: la representación del peregrinaje a La Meca de una larga caravana de fieles que atraviesan el desierto.

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“Peregrinos yendo a la Meca”, 1861.

La composición de la obra transmite grandeza y equilibrio. La columna de peregrinos, aparentemente infinita, forma una pirámide que alcanza la parte superior de la imagen donde se encuentra la figura del guía, con semblante seguro y confiado,  y retrocede a través de una llanura interminable, desprovista de color y de sombra.

A diferencia de otras imágenes idealizadas por el Romanticismo, esta obra ofrece un retrato más realista de los peregrinos como individuos, aunque a este respecto hubo críticas sobre todo por el hecho de que la figura del guía aparezca con el torso descubierto, algo impensable bajo el sol abrasador.

Uno de los grandes aciertos de esta obra, que ha fascinado a quienes la han contemplado, es el tratamiento de la luz.  Belly era especialmente sensible a la diferente luz y color que existe en el desierto como él  mismo escribía a su madre:

“El color y los contornos del paisaje tienen una belleza que me deja sin aliento. No hay palabras para describir el maravilloso colorido y la armonía que existe entre un cielo violeta, la arena teñida de púrpura y oro contra un mar turquesa”.

Se mostró por primera vez al público en el Salón de París de 1861 donde obtuvo una Medalla de Primera Clase, el mayor galardón. Ya entonces fue considerada una de las obras maestras de la pintura de temas orientales. El cuadro fue comprado por el Estado francés  y expuesto en el museo de Luxemburgo hasta 1881. Actualmente se exhibe en el Museo de Orsay, en París.

El público fue especialmente sensible al audaz efecto producido por el largo séquito que avanza hacia el espectador. Un crítico afirma además, que “de regreso del Salón, parecía que cada visitante hubiese formado parte de la caravana”. Sin embargo, se alzaron voces discordantes. En la Gazette des Beaux-arts, un observador reprocha a Belly no haber respetado algunas convenciones: “Los Peregrinos yendo a la Meca presenta un grupo demasiado compacto tal vez y la proporción de los camellos es exagerada, en relación con la figura humana”.

Aunque la gran importancia fue la originalidad al escoger el tema y el tratamiento de la luz, Belly  pretendía lograr otro significado que la mera representación de un acontecimiento religioso. El pintor creía que había una religión universal y una sola fe en el mismo Dios. Por ese motivo se piensa que los tres personajes situados a la izquierda del cuadro: un hombre de pie acompañando a una mujer con su niño, montada en un burro, representan a la Sagrada Familia, según afirma el autor P. Wintrebert en su tesis sobre el pintor, escrita en 1974.

Esta obra pudo verse en la exposición temporal “El canto del cisne. Pinturas académicas en el Salón de París” celebrada  en Madrid en 2015.

http://exposiciones.fundacionmapfre.org/exposiciones/es/elcantodelcisne/exposicion/#

Bibliografía:

“The Sahara: A Cutural History”, Eamonn Gearon. 2011.

“The orientalist, painter-travellers”, Lynne thornton.

 

István Sándorfi: Cuando la fuente de inspiración es uno mismo

“Si bien es cierto que un artista y su obra son evidentemente indisociables, sería un error pensar que István era el reflejo de sus pinturas: perverso, violento, egocéntrico, asocial. Era todo lo que su obra no era.” (Ange Sándorfi)

La pintura, como cualquier otra manifestación artística, es una forma que tiene el artista de expresarse y sacar a la luz su mundo interior. En el caso de István Sándorfi, esa forma de expresión era llevada al límite definiendo y condicionando toda su vida.

De entre todo su magnífico legado, no he sido capaz de escoger una única obra con la que mostrar, como he hecho con otros autores, sus fuentes de inspiración. Su inspiración eran sus propios sentimientos y no puedo limitarme a mostrar una sola obra.

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“Les palettes d’oxymel”, 1997-1998

 

A István no le gustaba que le definiesen como un pintor hiperrealista, en realidad, negaba cualquier encasillamiento de su obra: “No tengo el menor interés por las clasificaciones que intentan meter a los artistas en compartimentos o, mejor, en ataúdes, para enterrarlos en un cementerio de referencias, de forma que la gente tenga la impresión de que así conoce la historia de la pintura. La pintura no es una cuestión de conocimientos, sino de sensibilidad, y eso no se enseña ni se aprende.”

Una característica de sus pinturas es que, en  la práctica totalidad de sus cuadros, aparecen partes de los cuerpos desdibujadas, borradas de forma intencionada o incluso ausentes. Respecto a este tema él afirmaba: “Es una forma de mostrar que pinto el espíritu, no el rostro.  El rostro es solo una herramienta a través de la cual puedo expresarme. Yo siempre expreso lo mismo: a mí mismo. El tema es  un pretexto, una excusa. El espíritu y los sentimientos no pueden pintarse o expresarse. Son conceptos abstractos. Necesito un vehículo que pueda utilizar para mostrar mi espíritu. La deformación se  utiliza normalmente cuando no eres capaz de expresarte completamente a través del realismo, ese es el motivo de la distorsión”.

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“Scène d’intèrieur- Le pardon”, 1987

 

Cuando en una entrevista le preguntaron cómo surgía una idea en su mente para plasmarla en el lienzo,  István respondió: “No hay ideas, no me gusta la palabra ‘idea’, después de todo, siempre pinto lo mismo”.

En su primera etapa, y durante quince años, István representó exclusivamente su propia imagen. Distintas posiciones y expresiones muy forzadas, su cuerpo fragmentado, obras muy agresivas e inquietantes. Solo se pintaba a sí mismo, él era su único modelo, acción que llevó a que le clasificaran  como un autor narcisista y sadomasoquista. Una calificación que le hirió profundamente porque su intención no era recrearse en su propio cuerpo, él pretendía expresar sus sentimientos, sus emociones, sus sentimientos. “Pinto el espíritu, mi propio espíritu”.

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“Sweet home”, 1985

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“Mi cuerpo era una herramienta para expresar una individualidad, no a mí mismo sino a la individualidad de cada ser. Fue un malentendido muy doloroso. Después de eso solo he pintado a mujeres. No pinto mujeres porque me parezcan bellas, aunque sí me lo parecen, sólo utilizo modelos femeninos para no crear pinturas crueles porque conducen, o al menos pueden conducir, a malentendidos”.

Aunque no le gustaban los tópicos lo cierto es que incansablemente repetía ciertos temas e iconos en su obra. Pero él transformaba estos elementos otorgándoles un nuevo significado. Por ejemplo, si pintaba unas gafas, cubría los cristales con una capa de pintura opaca con lo que las gafas tradicionales perdían su función convirtiéndose en una metáfora.

 

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“Le silence d’Adele”

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“Angelus Nepharene”

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“Madeleine”

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Llama la atención elementos comunes en sus cuadros,  además de la representación insistente de su propio cuerpo,  múltiples retratos femeninos cuya característica común es envolver sus cuerpos con una “capa”, como él definía a las telas que utilizaba, para que no reflejase ninguna época concreta, para que fuesen seres atemporales.

Otros elementos característicos de su obra son la representación de  sus “herramientas” para la creación; caballetes, su paleta, pinceles, el reverso de sus lienzos  y, sobre todo,  la pintura material con la cual “mancha” a sus modelos.

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“Alizarine”, 1994

 

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“Hommage á Nepharene”, 1993

Él fue su propia fuente de inspiración… Si bien todos los artistas expresamos nuestro mundo interior, solemos inspirarnos también en el mundo exterior, en nuestras vivencias, en nuestras impresiones sobre el mundo que nos rodea. Algunos autores vuelven sus ojos hacia la historia,  la religión o la mitología.  Otros  beben de la literatura o de la naturaleza, pero  István solo tenía que encerrarse en su estudio y extraer su inspiración desde su propio yo interior.

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“Pascalange”, 1997-2004

Bibliografía:

  • “István Sandorfi, la pintura nunca muere”. Catálogo de la exposición realizada en el Museu Europeu d’ Art Modern (MEAM). Barcelona, septiembre de 2016. Ediciones de la Fundación de las Artes y los Artistas.
  • Entrevista realizada por la galería “Kálmán Makláry Fine Arts” en 2006. https://www.youtube.com/watch?v=xzx4jpAhAcw                                    https://www.youtube.com/watch?v=uF9EVeADKDo

 

 

Elhare descubriendo el fuego

 

La luz que proyecta la luna sobre el mar y sobre la tierra fue lo que despertó en mí las ganas de pintar este cuadro. La forma en la que el mar se ilumina, cómo la luz se refleja en la piel, en el cabello, en los ropajes y en la tierra.

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“Elhare”. Óleo sobre lienzo, 2000. (160 x 130 cm)

 

La idea se me ocurrió paseando por una playa en una noche de luna llena, observando los juegos de luces y sombras que se dibujaban sobre el agua. Jugar con la luz de la vela y de la luna me pareció estimulante. Siempre me ha gustado el mundo de las sirenas, me gustan como seres mágicos, aunque no las historias mitológicas clásicas porque se las describe como criaturas malignas. Hacía tiempo que tenía la idea de pintar a una sirena descubriendo el fuego, como curiosidad diré que la idea me la dió una canción de la película de animación “la sirenita” de Walt Disney, 1989.

La modelo que utilicé para la sirena es mi hermana, aunque no es exactamente su retrato. La figura humana soy yo. Usé una serie de espejos para poder copiarme a mí misma de espaldas.

Pasé muchas horas contemplando el mar bajo la luz de la luna; observé el color de mi piel, de mi pelo y el de mis ropas, así como el color del mar y de las rocas. Estudié también la luz de una vela, observaba el modo en el que se proyectaba en mi cara y en mi mano y cómo influía en un paisaje nocturno. Incluso, aunque parezca ridículo, estuve observando la cola de un pez a la luz de la luna porque… ¿cómo es un pez por la noche iluminado con esa luz?, ¿brillará o no? ¿de qué color es?. Conocer esos pequeños detalles es lo que hace posible que un cuadro sea tal cual es.